La ley de la conservación de la energía dice que ésta no  se puede crear ni destruir, pero, en cambio, si que puede cambiar de forma. Bajo esta premisa y si la extrapolamos a la energía humana, y no me refiero a la que se desprende cuando uno se pone  a hacer sentadillas, sino a la que utiliza para relacionarse con uno mismo y con el resto de personas, podemos afirmar que  hay un tipo de personas que no les sale de la peineta, o de dónde sea, transformar esa energía, es obvio que me estoy refiriendo a los llamados vampiros emocionales, también denominados gente tóxica, pesados, brasas…

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Esta comprobado que a esta clase de personas les tiene sin cuidado eso de las energías renovables y la madre que las parió.  Y el problema no es su gran negatividad, ya que, como suelen advertir todos los manuales que tratan sobre los vampiros emocionales, lo más aconsejable es evitarlos, como a los responsables de la vejez, los puñeteros radicales libres.  Lógico, ¿no? No hace falta recordar que uno siempre tiene que buscar el equilibrio porque un exceso de negatividad es muy, pero que muy contraproducente para la salud. Aún así,  existe un peligro aún mayor que este, y es que estos vampirillos que  disfrutan robando la energía positiva ajena que, al fin y al cabo, no les sirve de nada porque ellos siguen  erre que erre con su negatividad.   Si llueve, les jode. Si sale el sol, también les jode, es invierno u otoño, les jode. Es primavera o verano les jode también,  y así con todo. Por eso no es de extrañar que después de estar con uno de ellos, aunque solo sea unos minutos, uno se quede exhausto y a veces hasta con dolor de cabeza, y se pregunte cómo diablos puede existir gente tan plasta, y entonces le dé la razón a  Oscar Wilde cuando decía que  “algunas personas causan felicidad a donde van; otras, cuando se van”.

Por mi parte, hace mucho tiempo ya que evito tratar con chupópteros de energía positiva, pero a veces, ya se sabe, es inevitable que cuando menos te lo esperas, ZAS, te topas con uno de ellos y no te atrevas a echar a correr en dirección contraria pidiendo auxilio, más que nada por educación.  Así que a partir de ahora, por si las moscas,  voy a optar por llevar ajos en los bolsillos y a ver qué pasa, porque al menos con Drácula y sus secuaces siempre funcionaba.

 

 

 

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